Noticias de Actualidad del Metro de Sevilla

miércoles, 29 de abril de 2009

Cerca de la última parada.

Jai puede parecer un grito de artes marciales, o puede parecer un simple saludo, o quizás se puede entender como el diminutivo de algún nombre habitual, pero en esta ocasión Jai es, sencillamente, el protagonista de esta nueva historia del metrocentro Sevillano. No se trata de un hombre especialmente atractivo ni feo. Es un hombre normal con el hábito normal de ir a trabajar por la mañana temprano. Ha cogido el tranvía en Plaza Nueva para bajarse en Puerta Jerez y, desde allí, coger el metro para ir de compras a las proximidades de Ciudad Expo.Hoy es su día libre.

Jai se siente hoy impresionante, se ha puesto sus lentillas y la sonrisa y él son una sola entidad. Ha pasado su tarjeta del consorcio de transportes que le ha descontando, del saldo disponible, el precio del billete. Decide colocarse en el centro del vehículo y elige un asiento abatible, de esos que hacen un ruido espantoso cuando se sueltan de golpe. Los que están en la zona de minusválidos. Jai, con rostro alegre y con cara de amigos, saluda a una chavala de una constructora y recibe una respuesta afable y distante; porque se fue alejando de él hasta colocarse a la distancia suficiente para evitar la charla. Jai, dentro de sí, espetó diciendo:

-# No pasa nada #

La última puerta del tranvía empezó a cerrarse con el pitido de salida. Se quedó un segundo entreabierta. Con premura aterrizó una morena de uno setenta, ochenta, sesenta, ochenta y otros números indecibles; otros números mudos. Ya dentro del gusano buscó un asiento y vio el que estaba a la vera de Jai. Y hacia el fue. Hacia el asiento. Jai en otras condiciones se habría ruborizado, pero no lo hizo porque estaba muy bien consigo mismo. Así pues morenaza se sentó a su vera e inicio, dirigiéndose a él y a nadie más, la conversación.

-Siempre con prisa. Estoy harta

Y Jai le fue a la Zaga.

-Así son nuestros tiempos. Calma.
- Gracias. Tengo que ir de compras y no tengo mucho tiempo.
-¿Y eso?
- Pues ya ves. Las cosas.
- No deberías dejar de sonreír. ¿Has visto el día tan bonito que tenemos?

Los dos giraron sus cuellos y cabezas hacia la ventana que tienen a su espalda. Un cielo luminoso, con nubes dispersas y azul, conquistó sus miradas. Jai no pudo dejar de comentar en su disfrute:

-Sabes. Solo los extranjeros valoran nuestro cielo y nuestro clima.
-La verdad es que si. Es día es precioso.
- Muy lindo. ¡Jum!
¡Jum! Es una coletilla muy habitual en Jai. Viene a ser como la expresión ¡sabes! Ó ¡Aja! Ó ¡si! Ó ¡Ahh!...Una coletilla muy común en sus diálogos e intensas conversaciones. Sobre todo cuando rodean su ética.

De repente Jai empezó a sentir calor dentro de si. Un fuego inusual que lo quemaba por dentro. Algunas mariposas comenzaron a moverse en su interior. Por primera vez se sonrojó y para su sorpresa, para su sorpresa ¡Ella también! . Entonces, con sus mofletes blancos ligeramente enrojecidos, Jai dijo:

-¿Cómo te llamas?
- Virginia. ¿Y tú?
- Yo Jai.
- ¿Jai?
- Si. ¿Te gusta?
- Jai es raro.
- Ya. Pero es mi nombre y mis amigos me llaman Mister Jai.
- ¿Eres peligroso?
Los dos empezaron a reír conjugados. Al unísono; en fase; juntos. Cuando terminaron la emoción compartida y consumaron el gesto de empatía; Jai reinició el diálogo sonriendo alegre y despejado.

-¿A donde vas Viki?
- Voy de compras cerca de Ciudad Expo.
-¡Coño! Pues yo también.
-Entonces estamos juntos.
-Y vamos juntos.

Ya ríen juntos en lugar de sonreír separados. Están conectados. Están en fase, por decirlo de alguna manera. La charla continua hasta Puerta Jerez. Jai cede el paso, como buen caballero, a la morenaza de tal cuerpo serrano que quita el “sentio”.

-¿Qué piensas comprarte con tanta prisa?
- Pues un móvil. El que tengo me esta dando problemas.
- Concho pues yo también voy buscando lo mismo.

Una mirada frontal sin amenaza los hace unirse. Porque se convierte rápidamente en una mirada de empatía total. Siguen mirándose durante unos cuantos segundos y ninguno se corta interrumpiendo el enlace visual, unión amparada en un cúmulo de anécdotas y la casualidad. Pasan dos segundos más. El coge su mano y ella; ella se deja. En otras condiciones Jai se habría cortado un poco pero hoy, sin saber porque, ¡Hoy es su día! Y sin cortarse ni soltar una de sus muletillas de inseguridad le expresa sinceramente a ella.

-Eres muy linda, y esto. Esto también lo es.
-Si –Risueña y moviendo su dedo gordo sobre la mano que le acabada de coger y ella aceptar-.
-Que móvil estas buscando.
-Pues me han hablado muy bien, por calidad precio, del Hvesubio.
-¡Coño! El mismo que yo busco.
-¿En serio?
- Que si. Que si.
- ¡Venga ya! Esto parece una broma.
- Que va. Que va. De “verdá” de la pura.

Comienzan a tener agujetas de tanto reír. Jai, que no está acostumbrado por el estrés de su trabajo, siente molestias en las mejillas y comienza a lagrimear un poco. Han llegado al acceso del metro. Bajan la gris escalinata de Puerta de Jerez, y dejan encima suyo la cartela blanca y verde que dicta: M e t r o. Entran en el agujero. Ambos disponen de la tarjeta del consorcio. Él pica dos veces; pica por ella. Ella, sin soltar palabra, se lo agradece con la mirada.

-¿Has cogido el metro alguna vez desde aquí?
-Que va ¿Y tú?
- Pues…pues yo tampoco.

Se sueltan la mano unos instantes gigantescos del espacio y del tiempo. Aún estando tan cerca no pueden creerlo. Son demasiadas coincidencias. Demasiadas.

-Pues esta estación esta abierta desde hace dos meses.
-Pero es que esta es la primera vez que lo cojo. Tanto el tranvía, como el metro.
Los dos se asustan un momento. Demasiadas coincidencias. Ella, algo cortada, toma la palabra:
-Yo pensaba que esto sucedía solamente en las películas.
-Sabes…Estas coincidencias me recuerdan una teoría de un amigo mío.
-Pues sabes que te digo…
- ¿Si? (Dice Jai pensando que se va a acabar el momento mágico)
- Que voy a aprovechar este momento contigo. Aunque sea raro.
- Me alegro.

Y en esto llega el metro al andén, se abren las puertas antisuicidas y después las del vehículo oruga. En cuanto se cierran las puertas el metro arranca y adquiere tal velocidad, respecto al tranvía, que se asustan un poco.

-¡Coño! Como tira esto.- Desde luego.

Y ella coge la mano a Jai. Ella toma la iniciativa. Embobados y embelesados no se dan cuenta de que han llegado a su destino. Ya están en la parada de Ciudad Expo, muy próxima a la tienda de marras donde piensan adquirir la máquina llamada Hvesubio. No entienden como ha sucedido pero subieron, se sentaron, ella cogió su mano y, para su extraña sorpresa, han llegado. Y van juntos hasta el centro comercial. Van juntos de la mano. Llegan a la tienda y esta hasta la bola de gente. Jai no puede soportar la tentación de tomarse una primera cerveza.

-¿Una cervecita antes de entrar en la tienda?
-¡Venga! Pago yo. Te lo debo.

Sonriendo se sientan decididos en dos taburetes libres que quedan en la barra. Ella no hace ni el amago de sentarse fuera, en las típicas sillas de plástico alrededor de una mesa metálica y cuadrada. Ninguno discute la opción, les encanta la barra. Charlan, charlan y charlan; y mientras lo hacen sus manos se cruzan, se recruzan y vuelven a cruzarse. Se hacen, en ciertos momentos, una entidad de cuarenta dedos divididos entre uno; un uno dual que son ellos.
Los pelos de las espalda de Jai, que es peludo, se le ponen de punta y se relajan cada cierto ciclo imprevisible; Los dedos meñiques de ella comienzan a temblar debajo de los zapatos de piel a un ritmo que ni ella puede controlar; y en cada movimiento la planta de los pies se le excita. Sé que es muy raro, pero Virginia es así; una mujer extraordinaria y guapa.
Sin saber como ni porque en un instante indeterminado del tiempo ella se acerca a los labios de Jai; y empiezan a besarse con profundidad y franqueza. Besos francos con profundidad de lengua activa y móvil. Besos de tuerca, besos de tornillo (con salsa o sin salsa), besos profundos, besos rosas y besos amarillos. Besos intensos y decididos. Descansan un momento para respirar.

-¿Cuántas cervezas llevamos?
- Creo que cuatro cada uno.

Miran el reloj un momento y observan su dictamen irreversible: una y cuarenta y cinco. Se miran con ligereza y piden la cuenta.

-¡Que nos cierran la tienda!

Salen corriendo hacia la tienda de móviles. En su momento romántico, a que negarlo, el tiempo se había evaporado por entero. En consecuencia llegan corriendo a la tienda, prácticamente a la velocidad de la luz, y tras saludar en un cuarto de segundo llega la pregunta del millón:

-¿Tienen el móvil Hvesubio?

Y la respuesta es contundente:

- No. Acabamos de vender el último hace un momento. El martes nos llegan cincuenta unidades más.
-¿Qué hacemos? –Pregunta Viki-
-No puedo esperar ¿Y tu?
- Sinceramente me gustaría llevarme el nuevo celular a casa. La batería del mío esta fuera de combate. (Responde Viki con sinceridad)

Visto lo visto Jai pregunta al vendedor; con toda la simpatía y educación posible que sabe administrar cuando pregunta:

-¿Dónde podemos encontrar al menos uno?
-Hay un almacén grande a unos dos minutos en coche.
-Hemos venido en el metro.
-Ah. Entonces andando están a unos quince minutos. Sigan la avenida principal en dirección Sevilla. Cuando lleguen a una rotonda gigantesca cojan la primera a la derecha. Esa misma avenida deja a la izquierda el centro comercial.
- Gracias.
– Expresan los dos a la vez-
- ¿Vamos?
- Venga.

Y comienzan a caminar hacia Sevilla. Ella coge sus manos después de ponerse a su derecha. Jai no puede contemplar como se expresan sus glúteos con el viento, con el aire y con la música de sus tacones rugiendo contra los adoquines grises. Jai se lo imagina al escuchar el taconeo y pide a Virginia que se adelante para observarla.
Ella accede sin tapujos y él, en contra de todo pronostico o previsión, observa con intensidad y hace algo que no habría hecho ni en su imaginación. Jai improvisa, después de eternos segundos de observación, y se tumba en el suelo haciéndose el desmayado. Simula una pérdida de conciencia porque no puede soportar el peso de tanta oscilación. ¡Es imposible!
La morenaza se acerca a él, lo coge de las manos y se sube encima. Cubre con su melena su cara. El pelo largo de Virginia lo ciega, y al segundo lo recoge en un moño lateral mediante una gomilla que, aparentemente, ha sacado de la nada.
Así pues ella se hace un moño a la izquierda de su impresionante y deslumbrante rostro.Jai no puede creerse la escena.
Él tumbado en la acera de adoquines y una mujer impresionante encima de él a las dos de la tarde. A las dos del medio día de un día extraño en que decidió coger el metro para comprar fuera del centro de Sevilla.
A Jai no se le habría ocurrido esta fantasía ni este orden de cosas y acontecimientos. La realidad supera la ficción.Con ella encima y el abajo; Virginia le habla al oído, al lóbulo derecho de Jaime, habla suave:

-¿Qué tal? Te gusta esta improvisación.
- Siiiii. ¿No me va a gustar?
- Como nos entretengamos más nos cierran la tienda otra vez.
- ¿Otra vez?

Ríen de nuevo porque, con franqueza, es lo mejor y más optimista que pueden hacer, después de los juegos en la acera. Juegos tumbados en la acera emulando la horizontalidad en lo vertical y al contrario.
Se incorporan y siguen caminando cogidos de la mano. En esta ocasión ella a la izquierda y él, él, a la derecha. Y cogidos de la mano llegan al hipermercado. Compran los terminales móviles o artefactos de comunicación distante. La vendedora les dicta:

-Esperen a la descarga de la batería antes de la primera recarga.
- Vale. Vale.Gracias.

Salen del hipermercado y ella le propone otra cervecita con una tapa.

-Por supuesto. Es hora de comer.
-Eso.
-¿Pero?
-¿Si?
- No prefieres otro sitio.
- No soy muy exigente.
- Pero…Bueno…Vale
- ¿Y tanta duda? ¿A que se debe?
- Te explico. Pensaba en un Restaurante Argentino. Pero está lejos.
- Otro día Jai. Otro día. Ahora Jai. Ahora es el presente.
- Cierto Viki. El presente.
- Pues a tapear.

Jai decide soltarse un segundo de Virginia, patinar deslizando sus pies sobre el suelo encerado y girarse diciendo con carácter de presentador:
¡A tapear! ¡El día de la tapa!
Entran en el centro comercial anejo al hipermercado. Comienzan a buscar un lugar de reposición apañao. Virginia decide dinámica interrumpir un momento la búsqueda:
-Espera un momento. Espera.

Y le pega un beso de pegamento Epoxi. Sus labios quedan adheridos, sujetos y firmemente conjugados. Jai respira un momento y habla entrecortado y con un rostro feliz y relajado.

- ¿Una hamburguesa y terminamos pronto?
- Hummm. Prefiero tapa y cerveza.
- Mira. Pues aquí mismo.
- “Paentro”

Charlan de nuevo conectados con empatía casi telepática. Charlan. Ella habla de su trabajo por encima, y él también. Descubren que los dos son economistas. También que trabajan en el centro. Él cerca de Plaza Nueva y ella cerca de Plaza Encarnación. Se miran y gritan sincronizados:

-¡Nueva Encarnación!

Ríen con intensidad porque han dicho lo mismo a la par y eso, y eso no era tan fácil. Las carcajadas inundan el bar con sus vasos, sus platos, sus eléctricos artefactos…El tiempo se disipa de tal manera que sin darse cuenta, en su empatía revuelta, erótica y natural cuando se percatan son las siete de la tarde. Han terminado de tapear hace un buen rato y han perdido la cuenta del número de cervezas. Si recuerdan haber ido unas cuantas veces al aseo a miccionar.
Y recuerdan que no se han cansado de besarse. Jai, mentalmente ubicado en el paraíso, se expresa con cierta dificultad. Una dificultad al límite de la borrachera pero sin tenerla.

-¿Vamos a casa?
- Venga. Hipp. Wenga. Y ya no más cerveza.
- Vale. Ahora champán.

Y a carcajada batiente caen de los taburetes. El porrazo es impresionante. Caen juntos y de mala manera. Y se quedan en el suelo mientras les ayuda el servicio.

-¿Se encuentran bien?- Si. Hippp. Muy bien.

Jai se incorpora y nota su camisa algo manchada.

-Hufff. Alguien esta sangrando un poco.
- Si. Es usted. Tiene una pequeña brecha en la ceja.
- Ufff. Es verdad. Pues no que parece que me han pegado.

Y virginia inevitablemente expresa con soltura intensa:

- ¿Te he pegado yo?- Hummm. …Si.

Ríen de nuevo aunque sea redundante decirlo. Se lo están pasando tan bien que no dejan de reírse de sí mismos ni del mundo. Aunque el etanol esté un poco alto. Y, a que negarlo, las hormonas también.

-Tenemos botiquín. Le curaré la herida. – Expresa la encargada del turno-
-Gracias…

Diez minutos después están rumbo al metro. Ya no van cogidos de la mano sino enganchados entre caderas por una parte y las manos entrelazadas por otra. Como se caigan de nuevo la torta va a ser de órdago porque van caminando agarrados por todas partes y un poco ebrios. Jai lleva una ceja completamente cubierta por una gran tirita.

-Hufff. Que lejos está el metro.
-No pasa nada. Se nos va bajando la pea. Hippp.

Veinte minutos después están picando a distancia con la tarjeta del consorcio que, en esta ocasión, usa ella. Ya en el andén Virginia lo mira un momento y le grita.

-Ahhhh. ¡Voy a suicidarme!

Chocando de bruces con el cristal con el gran error de no haber calculado bien la velocidad. En consecuencia inevitable rebota contra el vidrio y cae de bruces al suelo. Jai intenta recogerla. Recoger su humillación.

-¿Estas bien? – Expresa cariñoso Jai-.
- Si. Estoy bien. Avergonzada pero bien.

Y se pone de un rojo semáforo que afecta a todo su rostro. El gusano tarda poco en llegar, acceden a él algo doloridos después de los últimos impactos y se sientan juntos. Bueno, ella se pone encima de Jai durante todo el camino y coge sus manos como si fuesen reposa brazos. Cruzan los dedos y quedan en silencio todo el recorrido. El besa su espalda y nota que no lleva sujetador. Dentro de sí dicta asustado:

- #No me había dado cuenta #

Y no puede evitar cierta erección que ella nota y no comenta como algo inadecuado. Así llegan a la parada de Puerta Jerez. Después de pasar sentados: Cavaleri, San Juan Alto, San Juan Bajo, Blas Infante, Parque de los Príncipes, Plaza Cuba y Puerta Jerez. Llegan los dos calentitos porque Jai no puede notar que ella esta mojada. Salen al exterior dentro de ellos mismos y Jai pregunta a Virginia:

- ¿Cogemos el tranvía?
- Si. Ya hemos andado bastante por hoy.
- Venga.

En su situación actual llegan al andén del Tranvía de Puerta Jerez. Ella se pone detrás de él y presiona sus piernas y brazos sobre Jai, haciéndose los dos un solo ente con tanta superficie de contacto.
Cuando el tranvía se aproxima parece que flota y es de color dorado. Es dorado el anden, dorado el metrocentro, dorados los carteles, doradas las aceras, doradas las personas próximas y dorados, dorados y adorables ellos.
Conjugados entre y sin hacer daño a nadie, disfrutan de su unión mental y física. Son una entidad y lo aplican en el apartamento que ella tiene en el centro.
Practican los números durante toda la tarde-noche y en todas sus variaciones: tres por tres, cuatro por cuatro, seis por seis, siete por siete ;y el sesenta y nueve.
El día ha sido completo y el día. El día ha sido dorado. El metrocentro ha sido una joya para Jai y Virginia. No se podían imaginar lo que este entorno mágico ha hecho; ni las extrañas posibilidades que ha ofrecido.
Constantino Carenado.

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