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lunes, 8 de marzo de 2010

La bicicleta azul

Espero trasladaros al mundo de la protagonista ficticia de hoy. El mundo de Ana. La joven y nerviosa Ana. Una gran mujer.
Ana es esa típica muchacha andaluza, guapa de pelo negro y largo, que con su carrera recién terminada suele moverse en su propia bicicleta por su ciudad. La bicicleta y ella constituyen una entidad solidaria. Se gustan. Ella pedalea y la bicicleta rueda dándole esa sensación de libertad silenciosa. Una libertad que la lleva donde Anica quiere. Que la lleva a su destino. Ella lo sabe.
En su ajetreo mental lleva rumbo hacia el Parque de los Príncipes. El parque más cercano a la feria de Sevilla de principios del siglo XXI (dicen que cambiarán la ubicación de la feria en unos años). El parque del barrio de los Remedios y de Triana. Yo lo veo así aunque, quizás, no sea así.
Ana, normalmente, frecuenta la zona centro para tomar su café descafeinado caliente. Curioso esto de un café descafeinado; puede parecer que es tomar café sin café. Pero esto es una de las paranoias del que escribe esto y no de Anica.
Ana ha quedado con su querida amiga Lidia para dar una vuelta por el Parque de los Príncipes y, si es posible, practicar algo de malabarismos en algún verde parterre. Algún parterre de grama. Después de los ejercicios piensan, también, tomar algo juntas.No es que Lidia y ella sean animadoras de algún equipo; no, no se trata de eso. Simplemente es la excusa para divertirse un rato y charlar sobre sus vidas; sobre su presente y sobre su futuro. Su momento para compartir sus vidas y sus incidentes mientras manipulan los móviles o toman café. Las amigas, y los amigos, cumplen esa función entre muchas. Los necesitamos para el viaje de la vida. Esta extraña vida que surge siempre delante de toda ciclista. Toda ciclista que rueda hacia delante como Ana. Ella lo sabe.
Por cosas del destino, o de la casualidad, el día soleado muta a gris e, inesperadamente, a nuboso. Una tormenta de agua descentrada y cruel comienza a mojarla mientras aún está a mitad de camino. Una trastada, por no decir otra cosa, cuando se viaja en un vehículo al descubierto. Milagrosa, una boca de metro, de la línea uno, saluda con su letrero verde: Nervión.
- ¡Concho! Si no me hubiese acercado al Nervión Plaza ha comprarme el jersey azul, estaría ya en el Parque. ¡Cachis! (alteración verbal del autor. Se trata de un taco).
Presurosa agarra el cuadro de su bicicleta azul cielo y baja las escaleras de la estación de metro. La estación de Nervión. Toma las escaleras mecánicas hacia abajo. Llega a la plataforma de hormigón final. Las pantallas de led´s indican:
- Ciudad Expo 2 min.
Y al otro lado, en el otro andén, otra pantalla dicta:
- Montequinto 5 min.
Ana y su bici azul reinan durante la espera de su metro. El que tiene que coger para bajarse en Parque de los Príncipes. El que va hacia Ciudad Expo. Ana y su bici azul reinan en el andén. Son las amigas caminante y rodada. Todos los que esperan su metro miran la pareja de cosa y persona. No hay más bicicletas ni hacen falta. Es guapa la bici, en su sencillez, y es guapa Ana en su belleza franca y en su franqueza. Ana y su bici reinan en el andén. Esperan. El metrocentro llega, las puertas antisuicidas se abren ; las del vehículo a su par. Entran. Ana deja su bici pegada a la barra central de acero. La apoya firme y comienza a mirar a las personas que ocupan el lugar. Mira y es mirada mientras la bicicleta sigue en su sitio. El metro se mueve hacia el parque por debajo de Sevilla y de su río Guadalquivir. Las paradas se suceden ligeras. Pasan trémulas. Las paradas se escapan mientras las personas entran y salen. El metro cruza el río, por debajo.La parada de Parque de los Príncipes se acerca. Ana se dispone a orientar su bicicleta para salir. Ana vuelve a intentar orientar su bicicleta para salir. Ana vuelve a intentar, de nuevo, orientar su bicicleta para sacarla. Ana lo intenta otra vez.
- ¡Concho! (grita Ana. -El autor vuelve a modificar la palabra como antes-)
- ¡Pero bueno!
Su empeño es nulo porqué la bicicleta no se menea sujeta a su mástil de metálico acero. Ana pide ayuda a otros viajeros. Nadie puede moverla. Un culturista próximo, soberbio en sus andares y corpulencia, fracasa en su intento. Se hace daño.
- Chiquilla. ¿Que le has hecho a la bici?
- Yo no he hecho nada.
- Son los Gremlins (dice un electrónico que hay por el vagón)
Mientras esto sucede la parada del Parque de los Príncipes pasa. Ana, evidentemente, no se baja. Quiere llevarse su propiedad rodada que no se menea.
-¡Concho! -sin comentarios-.
Desesperada deja la bicicleta y busca la cabina del conductor. Golpea la ventana con prudencia alterada. Golpea otra vez. El conductor se gira y le dice que espere a la próxima parada. Con los ojos le transmite que la ayudará.
El tiempo, para Ana, deja de pasar. El tiempo se queda quieto. Mira su bicicleta que sigue igual. Otro viajero, que ha visto todo el extraño espectáculo, lo intenta para fracasar. Fracasar de nuevo. En la distancia, mientras Ana lo mira, mueve su cabeza en un NO gigantesco. Un nuevo NO acompaña al movimiento de cabeza del último que ha intentado mover la bicicleta. Todos dicen NO con sus cabezas. Ana mira hacia otro lugar, hacia otra parte. Amargada se dice a sí misma:
- #Esto tenía que pasarme a mí y a mi bici nueva. A ver como le explico esto a mi madre #
La parada de Blas Infante llega. Mientras se abren las puertas; la gente sale y entra; el conductor sale de la cabina y le pregunta a nuestra Ana.
- ¿Qué sucede?
- Mi bici no se mueve.
- ¿Cómo?
- Que mi bici no se mueve.
- ¿Eso es imposible?
- ¡Que no se mueve! Se lo digo en serio. Yo no miento. Se lo juro.
El conductor mira a los viajeros que expresan y gritan desde lejos:
- No hay quien meneé esta bici.
- Esta pegada (dice otro usuario).
El tiempo comienza a ser un problema. El conductor expresa a Ana con estrés.
-¿Puede esperar a la última parada de Ciudad Expo? Allí tengo más tiempo. Esta parada ya ha sido demasiado larga.
- Que remedio. Quiero recuperar mi bici.
Se cierran las puertas y el metro inicia de nuevo su movimiento acelerado. Ana, nuestra Ana, se sienta en su desesperación. No se lo cree. No quiere mirar ni la bici a su mástil pegado .Llama a Lidia para pedirle disculpas y para que espere. Lidia, incrédula, la remite hacia el futuro.
- Todo es muy raro. Hablamos luego. Te esperaré haciendo malabares con los móviles y las varas. Hasta ahora.
-Vale. “Dios”.
Ciudad Expo tarda en llegar pero llega. El supervisor de turno, y del turno, se encuentra con el mismo problema que todos. Redacta un informe, solicita el teléfono y otros datos a la dagnificada que se queda, de momento, sin bicicleta. Ana encuentra a Lidia una hora más tarde en el lugar acordado. Toman café y charlan boquiabiertas. No se lo creen aunque Anica no tenga su bici.
Lo gracioso de todo esto es que lo narrado ocurrió hace dos meses y medio. A fecha de hoy, 1 de Marzo del año 2010, el vehículo número trece lleva, en su tercer mástil, una bicicleta pegada. Ningún técnico ha podido despegarla hasta el momento. El metro de Sevilla no puede permitirse paralizar el vehículo por esta fantasmal razón. Los rumores llaman al vehículo en cuestión:
El metro trece
O
El de la bicicleta maldita.
Nadie se cree los rumores hasta que ve la bicicleta pegada a su mástil bruñido. Está igual que hace dos meses y medio. El mástil brilla y la bicicleta también aunque los equipos de limpieza no los tocan por miedo. El metro de Sevilla parece mágico. Mágico y extraño. Está lleno de sorpresas y de almas de objetos en pena. Algunos teóricos lo llaman el metro de Bécquer: "el número trece y su oscura bicicleta". Nadie ha podido entender el fenómeno. Muchos creen aún, a fecha de hoy, que es un bulo. Muchos creen que es una leyenda urbana.
No tengan miedo si se suben al vagón de la bicicleta. No tiemblen. La bicicleta solo quiere estar dentro del metro; pegada a él; susurrándole.

Constantino Carenado.

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